Daddy Yankee Un Ciudadano Ilustre!!

“Daddy Yankee en escena, saludos a mi gente de Piedrabuena.” La rima, contundente, transformó lo que había empezado como un rumor, en realidad: la estrella mundial del reggaeton, de rigurosos anteojos negros, estaba arriba del escenario de la canchita de fútbol, frente a cinco mil vecinos. “Este es mi barrio en Buenos Aires”, dijo el cantante de Puerto Rico, recordando el caserío en el que se crió hasta llegar al rincón porteño que eligió como propio.

¿Cómo llegó este cantante a tocar de manera sorpresiva en un barrio postergado?

Es que en Piedrabuena el arte es un distintivo del paisaje. Los monoblocks se enredan como una serpiente que conecta edificios de hasta doce pisos. Pasillos y jardines imprevisibles están adornados de murales y grafittis. Los edificios, inaugurados por los militares, jamás fueron terminados. Las gigantes unidades de la línea 50 atraviesan el barrio, pasando por debajo de departamentos que flotan sobre las avenidas: los vasos se caen de las mesas por la vibración, los tanques de agua se ladean.


Las instalaciones de gas, externas y precarias, son peligrosísimas. Y las estructuras de concreto se van rajando como en La caída de la Casa Usher, el cuento de Edgar Allan Poe.

Muchos pasan el invierno sin calefacción. Por las noches, a veces los pibes se pelean a tiros. Y hasta un par de vecinos se quitaron la vida el último mes, tirándose por la ventana.

Pero en Piedrabuena reina el orgullo: en poco tiempo se convirtieron en escenario de recitales de primera línea y usina de proyectos artísticos que son la contracara de la apatía. “Acá somos famosos”, dice una joven de característico flequillo rolinga mientras toma una cerveza, celebrando que el día anterior salió de la cárcel. La zona es cuna de bandas como Viejas Locas e Intoxicados, grupos de Pity Álvarez, que la inmortalizó en el tema “Una vela”.

Y la identidad barrial es a toda prueba: nadie se anima a entrar a robar en este grupo de departamentos donde viven más de 2.100 familias de clase trabajadora más o menos empobrecida.

Aunque los estrategas de la Unión-Pro bonaerense hayan usado los edificios como locación para simular un barrio de monoblocks del conurbano (ver recuadro en pág. 62), el complejo habitacional Comandante Luis Piedrabuena queda en el rincón sudoeste de la capital, donde Villa Lugano se choca con la General Paz.

Hasta allí llegó Daddy Yankee el 3 de junio pasado, después de la gira promocional que lo llevó a visitar programas como Operación Triunfo y Justo a tiempo. Fue directo desde el hotel de Puerto Madero donde estaba alojado, y como escala previa antes de partir a la isla caribeña desde Ezeiza.

“Un saludo de todos los barrios de Puerto Rico a todos los barrios de Buenos Aires”, se presentó el cantante. La pista grabada se cortaba, pero el reggaetonero no dudó en seguir el show, organizado a beneficio de comedores infantiles del barrio.

El público, básicamente femenino, deliró con sus letras de amor y sabiduría de la calle. Daddy no paró de agradecer a su público y devolvió el fervor improvisando rimas reivindicando a “la raza” (latina), a Diego Maradona, al Che Guevara, a Dios y a todas las madres.

La manos de sus fans estaban en el aire. Cientos filmaban con sus teléfonos celulares fragmentos del concierto hasta que la tarde se hizo noche y el público siguió bailando y ovacionando al boricua, que se hace llamar “El Jefe”.

El acontecimiento fue obra de Caro Music, una flamante productora conformada por un grupo de jóvenes del barrio sin antecedentes en el mundo de la música: Gastón “KB” Abalone, Diego “El Panki” Cano y Gabriel “Gaby” Caro, que lucen la misma estética que Daddy Yankee: anillos y cadenas de oro, pelo cortado al ras, autos caros. Y no se olvidan de sus raíces: “Él quería tocar en un barrio humilde y como nosotros nacimos acá, le propusimos venir. La plata para el escenario, las luces, la seguridad y el sonido la pusimos de nuestros bolsillos. Como entrada cobramos, al que podía, un alimento no perecedero que luego donamos a tres comedores infantiles. La idea era que lo pudiera ver en el barrio aquella gente que carecía de dinero para ir a Argentinos Juniors”, dice Caro. Las entradas para el show del próximo 4 de julio en el estadio de Paternal, hoy agotadas, iban de los 70 a los 480 pesos.

En el improvisado escenario de la canchita de tierra, el cantante agradeció a “la gente de calle, gente humilde que me trajo acá”.

“A Daddy lo conocimos por medio de Gabriel Reyes, que es su seguridad personal –cuenta Caro–. A Reyes nos lo presentó, en Holanda, un amigo neoyorquino que tenemos en común.

”Pese a sus orígenes barriales, los jóvenes de la productora viajan a Europa todos los años “por mérito propio”, según KB.

Conociendo el gusto de Yankee por los perros de pelea, su hermano preside la Asociación de Criadores de Pitbull en Puerto Rico–, los argentinos le dieron una sorpresa. “Le compramos un cachorro de dogo argentino. Como era muy chiquito para viajar, por ahora lo tengo en mi casa. Lo está cuidando mi nene hasta que venga en julio y se lo lleve”, cuenta KB.

El recital fue un evento inolvidable para todo el barrio. Dos activos y jóvenes referentes de la cultura de Piedrabuena tuvieron su participación: al actor y documentalista Luciano Garramuña le tocó filmar el concierto, que pronto se alquilará en el videoclub del barrio, mientras que su compañero Juan Manuel “Pepi” Garachico, muralista y dibujante, inmortalizó a Daddy Yankee en una de las paredes del barrio.

Estos artistas nacidos y criados en los monoblocks son los mentores del galpón cultural Piedrabuenarte, un viejo depósito de escenografías del Teatro Colón que fue recuperado por los vecinos de la mano de una movida cultural multidisciplinaria.

Tanto Luciano como Pepi conocen todos los rincones de Piedrabuena.

Y les gusta mostrarlo. Transformamos el barrio, poniéndole color, comenta el muralista, que junto a sus compinches artísticos sale por las noches a pintar las paredes grises. La obra es variada y notablemente respetada por quienes graffitean o escriben con marcadores.

Los motivos de los veinte murales distribuidos por el barrio van desde una reproducción del Guernica, pasando por la bandera jamaiquina, un intrincado diseño basado en hojas de marihuana y el rostro de Bob Marley, hasta paisajes futuristas o réplicas de Venecia.

“También pintamos una isla de Italia, y una señora que vive enfrente, en el primer piso, cuando abrió la ventana y la vio se puso a llorar. Nos dijo que su madre venía de un lugar igual”, cuenta con orgullo Pepi.

La mejor hora para pintar es cuando oscurece. “La noche en Piedrabuena no es como en cualquier barrio. Nos ven los pibes que se quedan despiertos fumando base y los que salen a la mañana a laburar, a las cinco de la mañana se juntan. Y se genera una energía buena”, relata el muralista.

“A veces filmamos y sacamos fotos, llevamos los trípodes y cada tanto se ve un flash. No tenemos problemas con los que están consumiendo: los hago hacer de noteros, de analistas económicos. Son los mismos pibes improvisando ahí, en ese momento. Por ejemplo, hablan de cómo aumentan los precios de los departamentos por los murales”, comenta Luciano, que está haciendo un programa de televisión sobre el barrio.

El joven ya protagonizó un documental titulado Buenos Aires, Zona Sur: Luciano y el arte de vivir en Piedrabuena, filmado con el realizador suizo Gian Paolo Minelli: el artista europeo se enganchó con este rincón de Villa Lugano porque en el país de los relojes cucú hay una región llamada Lugano. Junto al argentino, también editaron un libro de fotografías que refleja la realidad de Piedrabuena y preparan otro sobre los demás barrios de Lugano.

El galpón de Piedrabuenarte está basado en la autogestión: “Lo hacemos todo entre los vecinos. Vinieron de la embajada suiza a apoyarnos, pero no desde el CGP, ni del gobierno porteño ni del nacional”, dice Luciano, que está preparando junto con Minelli un libro de fotos sobre todos los barrios de Lugano.

La ausencia del Estado se nota por todos lados: en los edificios que necesitan mantenimiento urgente, en la basura acumulada en las esquinas.

La Legislatura votó hace cuatro años una ley de emergencia edilicia del complejo habitacional, pero nunca se efectivizó. La normativa ordenaba formar una comisión con vecinos, legisladores e integrantes del Instituto de Vivienda de la ciudad para formular “una propuesta para la solución de las fallas estructurales, vicios de construcción, mejoras en infraestructura y saneamiento ambiental”.

Más de 800 familias pasaron el invierno del año pasado sin gas. La situación apenas se modificó este año. “Hay gente sin gas en Piedrabuena, entre ellos, personas mayores”, afirma Luciano, que viene registrando todos los acontecimientos del barrio en los últimos años.

“El gas no se puede conectar por afuera de los edificios, pero lo hacen igual dice. Si le pegan un tiro a uno de los caños, estalla todo, porque está en cadena”. En una planta baja, hay un local incendiado donde funcionaba una librería y fotocopiadora.

La pared está apuntalada con una tarima de madera. “Hace dos años explotó el gas: la pared se corrió para afuera y el piso se levantó. Fue un domingo. Si hubiera sido en la semana, era una masacre. Encima, la fotocopiadora la atendían unas chicas musulmanas, con el pañuelo que les cubre la cabeza. Venían los pibitos y decían ‘uh, un atentado’”, recuerda Pepi.

“Con la policía, casi no tenemos relación. Y la gente que vino a robar acá se fue muy lastimada. Los vecinos defienden el barrio. Yo salgo con una piba de una villa de acá al lado y no entiende cómo la gente se tatúa el barrio o a mí mismo, que lo dibujo. Hay una identidad muy fuerte”, reflexiona Pepi.

Su amigo Luciano muestra los monoblocks y el galpón cultural tatuados en su espalda. Ahora que pasó Daddy Yankee, los jóvenes del Piedrabuenarte se sienten estimulados: “Lito Vitale y Pablo Lescano, de Damas Gratis, se engancharon para grabar un disco a beneficio del centro cultural, con bandas del barrio y artistas grosos invitados por cada grupo”, cuenta Luciano, que participa en una banda de rock llamada Giro a la Izquierda y se esperanza con conseguir a León Gieco.

Pepi anuncia que “esto es sólo el principio”: seguirá pintando las paredes y quiere volver a dar talleres de muralismo. Son apenas algunas de las actividades artísticas que se planifican para el barrio. Mientras, los muchachos de la productora Caro Records planean otra sorpresa: entre los habitantes del barrio ya corre el rumor de que vendrán Wisin & Yandel, un dúo de reggaeton de fama internacional. En medio del gris de los edificios, el arte pinta una escenografía donde la vida merece ser vivida.

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